La Islita: Evangelio y vida

Padre Gustavo Meneses

Padre Gustavo Meneses

Costa Rica, 19 Abr. 09 (Eco Católico)

Martín Rodríguez G.
mrodriguez@elecocatolico.org

En la espesura del manglar puntarenense el Evangelio se hace vida y testimonio. Vida en una comunidad que lucha por cambiar su realidad y testimonio de una Iglesia que en su compromiso con los pobres, es signo fiel de justicia y solidaridad.

Se trata de La Islita, una pequeña comunidad de pescadores artesanales donde todo falta menos el amor. No hay agua pero quien guarda un poco la comparte, no hay caminos pero sobran guías, no hay templo pero Dios está presente…y actuante.

El jueves 26 de marzo tuvo lugar en esta empobrecida comunidad la administración del Sacramento del Bautismo para siete niños, quienes por el agua derramada en sus cabezas, como signo de la acción del Espíritu Santo, nacieron a la gracia y hoy son contados entre los hijos de la Iglesia.

Este momento, importante en sí mismo, reviste un carácter especial en La Islita, por ser ésta uno de los principales proyectos de la Pastoral de la Gente del Mar, a cargo del Padre Gustavo Meneses Castro, también a cargo de la primera parroquia costarricense dedicada al pastoreo de comunidades pesqueras: San Judas Tadeo, que atiende pueblos como Chomes, Chira y Manzanillo. Este trabajo cuenta con la confianza y la responsabilidad delegada por el Obispo diocesano Mons. Óscar Fernández Guillén.

Compañera de camino

El momento no pudo ser más auténtico: Apenas baja del bote que lo llevó a lo largo de los tres kilómetros que separan la comunidad del atracadero del ferry en tierra firme, el Padre Gustavo saluda y entra, literalmente, hasta la cocina de las desvencijadas casas para saber cómo estuvo la pesca, qué tal la carnada, cómo avanza el proyecto de las casas nuevas, qué ha pasado con el acueducto, cómo arreglar los daños de la escuela y hasta para ver cómo conseguir el uniforme nuevo que necesita el equipo de fútbol.

No son poses ni un proselitismo religioso vacío. Nada más alejado de eso. Cada palabra y cada gesto destila encuentro, amistad y servicio. Es la Iglesia que se alegra porque finalmente el ICE puso los paneles solares para tener electricidad, y que sufre por la enfermedad del hijo ante la que hay que correr para conseguir una lancha y dinero para los medicamentos, es la Iglesia compañera y mediadora; auténtica y discípula; la misma de Fray Casiano y sus queridos pobres porteños.

Y la respuesta de los isleños es igual de generosa. Al acercarse la hora de la Eucaristía se acercan numerosos al improvisado templo: el piso de cemento, techo de zinc y plástico, sin paredes y con apenas algunas sillas donadas por los generosos rotarios. El sol brilla con una fuerza descomunal y la marea comienza a asomarse entre el espeso mangle. El catequista Teófilo practica los cantos mientras un activo ayudante del Padre Gustavo llena las fórmulas legales: ¿Nombre del abuelo del niño? –Nunca lo conocí-, responde con voz tímida la madre adolescente. ¿Y del padre? – Sólo me sé el nombre-, replica… la desintegración familiar es uno de los muchos retos que hay que enfrentar.

Iniciada la Misa el calor apenas permite respirar. Enfundado en su alba, el sacerdote suda pero no deja de sonreír. La homilía toma la forma de un diálogo, él pregunta y los amigos responden. Con habilidad lleva la conversación hasta donde quiere: al Sacramento del Bautismo, para ahondar en su significado y en la responsabilidad que comporta para los padres y la comunidad: “La vida es lo que más nos importa, y hoy estos niños por los que nos preocupamos venimos a presentarlos a Dios para que Él los bendiga, mediante el bautizo haciéndolos hijos suyos”.

Improvisada la pila bautismal, uno a uno los menores reciben el agua, después de haber sido ungidos con el Santo Crisma que los confirma sacerdotes, profetas y reyes. El rito se cumple a cabalidad desde el principio hasta el final. Impartida la bendición, algunos avisos de interés y el recordatorio de la próxima visita… dentro de un mes.

Logros y planes

La población de La Islita está conformada por unas 100 personas, costarricenses pertenecientes a 20 familias aproximadamente. Es gente sencilla y autóctona: los varones pescadores artesanales en su mayoría, y las mujeres trabajadoras del hogar, pero que también aportan a la economía familiar sacando conchas de los barreales del manglar.

Hasta hace algún tiempo pesaba sobre ellos una orden de desalojo por encontrarse en terrenos municipales, aunque algunos tienen hasta treinta años de vivir ahí. Sólo la intervención de la Iglesia y la buena voluntad de personas e instituciones logró hacer entender a las autoridades que los pobladores son parte insustituible del paisaje, la cultura y la ecología de La Islita.

Gracias a ello, los pobladores hoy pueden dormir seguros de que nadie los sacará del que ha sido su hogar por años. Más bien ahora vigilan que se construya el acueducto, tal y como lo ordenó la Sala IV, para llevar agua pura directamente hasta la comunidad y solucionar el inconveniente actual de tener que ir en lancha hasta Puntarenas por el líquido.

Además, ven con entusiasmo el compromiso de las instituciones del sector social del Gobierno de darles una casa digna, así como el mejoramiento de la calidad de la electricidad, pues el sistema solar actual no soporta electrodomésticos grandes.

De lo que si están orgullosos los vecinos es de haber conseguido levantar la escuela, fruto del trabajo de todos. En ella niños y adultos vencen el analfabetismo que hasta el 2005 era casi total. El objetivo es que, a través de la educación, los pobladores logren romper algún día el círculo de la pobreza.

Otro proyecto en marcha es la organización de los pescadores, para que dejen de entregar su trabajo a los intermediarios a cambio de limosnas, y se conviertan en gestores de su propio negocio. Algo similar se tiene pensado con las mujeres, a quienes se piensa capacitar en manualidades para que eventualmente La Islita reciba turismo selecto, pues es necesario encontrar fuentes alternativas de ingresos para los periodos de veda.

Pbro. Gustavo Meneses:
“La Iglesia es misión”

¿Cómo explica el trabajo de promoción humana que la Iglesia desarrolla en La Islita?
La misión de la Iglesia es llevar el Evangelio, la Buena Noticia. Aparecida es clara en esto: la razón de la Iglesia es misionar, ir al encuentro porque tiene un mensaje que no es para sí misma, sino para la humanidad, y de ahí la responsabilidad que tenemos de involucrarnos en situaciones en donde hay falta de Evangelio. Lo que pasa es que en los lugares donde se exige más creatividad, más sacrificio, más dedicación uno ve que el protagonismo de la Iglesia es limitado, y esto tiene que cambiar.

Hacia un Evangelio cada vez más encarnado…
Una experiencia eclesial que no promocione humanamente a aquellos a los que se les está anunciando el Evangelio es palabra muerta. A veces creemos que a la gente es suficiente hablarles de Dios sin presentarles su misericordia concreta, y aquí uno palpa esa misericordia y el protagonismo que debe tener el creyente para ayudar y acompañar a otros para que también abran su corazón al Señor.

¿Qué proyectos siguen?
Tenemos que exigir la construcción del acueducto porque es un compromiso de ley que tiene que ser acatado por el AyA, hay que trabajar en la organización, para establecer un modelo asociativo que les permita a los pobladores no tener que valerse de intermediarios para comercializar su producto. Con las casas ya hay un compromiso del Gobierno, al declarar esto como zona de conveniencia social.

¿Es la credibilidad la fortaleza de la Iglesia?
Cuando la Iglesia cumple su misión tal cual es y como Cristo la demostró, que es caminar junto a los pobres, la Iglesia es creíble. En la medida en que volquemos nuestra mirada a los pobres, luchemos con ellos, trabajemos con ellos, sintamos lo que sienten y nos dejemos evangelizar por ellos, vamos a poder tener cada vez más posibilidades de asistir y ayudar.

¿Qué apoyo recibe el proyecto del parte del señor Obispo?
Yo diría que todo lo que se ha logrado hacer es porque Monseñor Óscar se ha comprometido totalmente. El ha sido muy sensible al tema de las situaciones en que viven las comunidades de pescadores y pescadoras, que es nuestra realidad como diócesis costera, y eso se evidencia en la creación de la Parroquia San Judas Tadeo.

Fuente: Eco Católico – una visión cristiana del mundo

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