EL FUTURO SE LLAMA ESPERANZA

primera

Monseñor Hugo Barrantes Ureña, 0bispo Diocesano de Puntarenas, examina la «fachada humana« de la Iglesia haciendo notar que detrás de ella está el misterio de una realidad «suprahumana». Advierte que la estructura profunda de la Iglesia no es democrática sino sacramental y por lo tanto jerárquica. La autoridad aquí no se basa en los votos de la mayoría: se basa en la autoridad de Cristo.

La Iglesia está necesitada de una permanente reforma, ¿pero qué es reformar la Iglesia? Verdadera reforma significa esforzarnos para que desaparezca, en la medida de lo posible, lo que es nuestro, para que aparezca mejor lo que es suyo, lo que es de Cristo. La Iglesia es ese pueblo peregrino que lleva siglos caminando. Es fácil comprender que, como todo caminante, puede a veces «embarrialarse».

Hugo Barrantes 21/07/2002
(Arzobispo electo de San José)

Nada extraño encontrarnos hoy día con católicos que ya no viven con alegría su fe. Parece que arrastran un pesado fardo y están faltos de vitalidad.

La cultura reinante carece de trascendencia, por lo tanto el centro de la vida no es la religión, más importantes son las innovaciones económicas y técnicas. La religión es simple información, se la considera un factor cultural.
Sin embargo, el cristianismo es grano de mostaza que vuelve siempre a rejuvenecerse. Y muchos piensan que hemos irrumpido en una nueva era de la religión. En la desolación de la existencia técnica, la religión vuelve a cobrar su sentido, como lugar de auténtica realización.

El futuro se llama esperanza

No se puede dar lugar al desánimo y al pesimismo. Para el cristiano «el futuro se llama esperanza». El Papa nos dice que estamos en el momento del «Duc in altum», del remar mar adentro y echar las redes con entusiasmo.
Recientemente, en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo nos reunimos para celebrar nuestra fe. La Iglesia es, precisamente, una realidad de fe. La Iglesia es una realidad que no se puede separar de Cristo. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo. Los Padres de la Iglesia la comparan a la luna cuya luz es reflejo del sol. Del costado de Cristo dormido en la cruz nació la Iglesia, como Eva fue formada del costado de Adán. Cristo y la Iglesia son por tanto el «Cristo total». La Iglesia es una con Cristo. Santa Juana de Arco dice a sus jueces: «De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello».

Cuando hablamos de la Iglesia como misterio, no queremos decir que la Iglesia sea el primer misterio. El primer misterio es Dios, es su plan de salvación en Cristo. La Iglesia es signo e instrumento de ese misterio; está al servicio de ese misterio, lo expresa, lo hace presente. Hay una relación esencial entre Cristo y la Iglesia. «La Iglesia se hace más creíble si habla menos de sí misma y predica siempre más a Cristo crucificado» (Sínodo Extraordinario). ¿Cuál es la verdadera riqueza de la Iglesia? El único tesoro que tiene la Iglesia es Cristo, continua y misteriosamente operante en ella.

La Iglesia se reconoce a sí misma en la Virgen María y en su cántico: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava; desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1, 46-48). La Iglesia puede ser llamada bienaventurada porque no tiene nada suyo, porque en su pobreza es amada por Dios que la llena de todos los dones: de Cristo – el primer don – y de todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. ¡Y esta Iglesia somos nosotros!
Misterio de una realidad

Por lo tanto, detrás de la fachada «humana» de la Iglesia, está el misterio de una realidad, «suprahumana». Sin una visión sobrenatural y no sólo sociológica del misterio de la Iglesia, nos quedamos con un proyecto puramente humano.

No hablemos de «nuestra» Iglesia, hablemos de «su» Iglesia, la que es una realidad con Cristo. Si la Iglesia es sólo «nuestra», si somos únicamente «nosotros», podemos terminar creyendo que es un partido, una asociación. Entonces la autoridad en la Iglesia tendría como único fundamento el acuerdo de la mayoría de sus miembros. La autoridad aquí, no se basa en los votos de la mayoría de sus miembros. La estructura profunda de la Iglesia no es democrática, sino sacramental y por lo tanto jerárquica. La autoridad aquí no se basa en los votos de la mayoría; se basa en la autoridad del mismo Cristo que ha querido compartirla con hombres que fueran sus representantes hasta su retorno definitivo. Para eso llama a los apóstoles, y a Pedro como el primero entre ellos.

Precisamente el evangelio de 29 de junio nos recuerda la escena de Cesarea de Filipo.

Pedro es designado como roca-piedra. No es un nombre originario, es el apelativo que le da Jesús. Simón, el primero que confiesa a Jesús como Cristo, se convierte en la roca que se opone a la incredulidad y a la fuerza destructora de lo humano. Él es roca, no a partir «de la carne ni la sangre» sino por don de Dios.

Manifestador de Poder Divino

Ese don que viene de Dios es desproporcionado a la propia capacidad. Esta desproporción de los hombres para semejante función es tan evidente que, justamente, pone ante nosotros de manifiesto que no son esos hombres los que sostienen a la Iglesia, sino Dios quien sostiene a esos hombres. La Iglesia misma se sorprende, y a la vez, agradece el poder de Dios que actúa a través de la debilidad humana y la supera. Dios manifiesta el poder de su amor justamente en la paradoja de la impotencia humana, permaneciendo así fiel a la ley de la historia de la salvación, que se vale de lo débil para confundir a los fuertes. Así es como Pedro ha sido siempre la roca contra las ideologías, contra la sumisión a los poderosos de este mundo. El Señor no abandona la Iglesia y ha querido realizar su ser «roca» a través de Pedro. No la «carne y la sangre», sino el Señor actúa y salva a través de lo que proviene de la carne y la sangre.

Llaves y atar y desatar

El poder de las llaves recuerda la palabra de Dios (Is. 22, 22) dirigida a Eliaquín, al cual, junto con las llaves, se le entrega «el dominio y el poder sobre la casa de David». Pedro, pues, es un fiel administrador del mensaje de Jesús, abre él la puerta; a él le compete la función de portero, que debe juzgar si acoge o rechaza. (Ap. 3, 7).

Atar y desatar, es una expresión tomada del lenguaje rabínico. Por un lado indica la plenitud de las decisiones doctrinales, por otro, el poder disciplinar. Con la autoridad de atar y desatar se entiende esencialmente el poder de perdonar los pecados, confiado, en Pedro, a la Iglesia. Podemos decir que la Iglesia está fundada en el perdón. La Iglesia en su esencia íntima es el lugar del perdón; ella no es la comunidad de los perfectos, sino la comunidad de los pecadores, que tienen necesidad del perdón y lo buscan. En el fondo escuchamos las palabras del Señor: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos» (Mc. 2, 17). El sentirnos necesitados de perdón nos conduce a la Iglesia, nos lleva a Jesús; el orgullo nos aleja de Jesús y su Iglesia.

Iglesia santa y pecadora

Continuemos con nuestra reflexión sobre la Iglesia. La Iglesia, ella misma, se reconoce: «Santa al mismo tiempo y siempre necesitada de conversión» (L.G. 42). «La Iglesia, aún siendo Santa por su incorporación a Cristo… reconoce siempre como suyos delante de Dios y delante de los hombres a los hijos pecadores» (T.M.A. 33). Esto significa que la Iglesia, Santa, en cuanto hecha tal por el Padre, mediante el sacrificio del Hijo y el don del Espíritu Santo, es, en cierto sentido también pecadora. En la Iglesia se da un encuentro de la santidad con la debilidad. En ella se encuentran el trigo y la cizaña. Ciertamente que la «fidelidad de la esposa de Cristo» no es puesta en entredicho por la infidelidad de sus miembros.

El mismo Concilio Vaticano II, reconoce que la Iglesia está necesitada de una permanente reforma.
Pero, ¿qué es reformar la Iglesia?

No se puede reducir una renovación de la Iglesia únicamente a erigir nuevas y complicadas estructuras. Nuestro hacer siempre será infinitamente inferior al hacer de Dios

Verdadera reforma significa: esforzarnos para que desaparezca, en la medida de lo posible, lo que es nuestro, para que aparezca mejor lo que es suyo, lo que es de Cristo. Así lo hicieron los santos: reformaron en profundidad la Iglesia, no proyectando planes para nuevas estructuras, sino reformándose a sí mismos. Lo que necesita la Iglesia para responder en todo tiempo a las necesidades del hombre, es santidad. La Iglesia necesita más santos que funcionarios.

Creer en la Iglesia significa amarla. Sin amar a la Iglesia es imposible percibir detrás de ese rostro humano, a veces opacado por el pecado de sus hijos, ese otro rostro siempre joven que ha ido fecundando las culturas con el evangelio y que ha luchado por el bien del hombre, en virtud de la fuerza que le viene del Señor Resucitado.
Amar la Iglesia no es negar ni suprimir lo que en ella es visible y exige ser constantemente purificado y renovado; pero el amor nos lleva a creer que en la realidad visible de la Iglesia actúa una realidad más profunda.

En este sentido puede decirse de la Iglesia, con mucha más verdad, lo que el apóstol Pablo dice de sí mismo: Lleva el tesoro de Jesucristo en vaso de barro, para que quede claro que la excelencia del poder viene de Dios y no de nosotros. (ver 2 Cor. 4, 7).

La Iglesia es ese pueblo peregrino que lleva ya muchos siglos caminando. Unas veces ha disfrutado de oasis y otras a tropezado con pedregales. Es fácil comprender que, como todo caminante, puede embarrarse y, ha de hacer alto para quitarse el lodo. Jesús reclamaba la conversión a todos los oyentes y el evangelio lo sigue reclamando a todos los cristianos. Pero, no olvidemos: quien juzga es el Señor (1 Cor. 4, 41.

Cuando digo: Creo en la Iglesia, estoy confesando la fe en la Iglesia como campo de acción del Espíritu de Cristo, a pesar de las faltas y precariedades de sus miembros.

Es consolador recordar que la Iglesia es madre. Esto significa que:

  • «De su seno nacemos, con su leche nos alimentamos y por su espíritu somos vivificados» (San Cipriano)
  • Se siente herida por el pecado de sus hijos y sufre por ellos
  • Acoge a sus hijos pecadores para que accedan a la fuente de la gracia, removiendo el peso de sus culpas.

Lados sombríos de la historia

Sin negar los lados sombríos de la historia de la Iglesia, debemos ver sus lados luminosos. Pensemos en la Iglesia de los santos, en los grandes testigos de la fe en nuestro tiempo, como la Madre Teresa, Sor María Romero. La contribución de la Iglesia a la causa de la paz, al reconocimiento de la dignidad única de la persona. Prescindamos sólo por un momento de la Iglesia en la historia de nuestra cultura occidental, y preguntémonos qué es lo que queda.

Volvamos a la figura del Papa. Veámoslo como el servidor de la humanidad.

A este respecto, una pequeña historia: Rusticiana, una patricia romana, emigrada a Constantinopla, escribe al Papa San Gregorio una carta y se proclama su sierva. San Gregorio Magno le contestó con una carta bellísima, de reprensión: Usted no debe usar ese título de «sierva», porque soy yo, el Papa, quien debe usarlo. Pues, «per episcopatus munera servus sum omnium factus» (por las cargas del episcopado me he hecho siervo de todos)

El Papa es servidor. Su principal función es servir a la unidad. El Magisterio de la Iglesia es claro al respecto cuando explica que el ministerio de Pedro fue instituido por Jesucristo para que «el mismo episcopado fuese uno e indiviso» (Vaticano I) y para darle «un principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y la comunión» (L.G. 18).

El primado romano no es, pues, una invención de los Papas, sino un elemento esencial de la unidad de la Iglesia, que se remonta al mismo Señor y que se desarrolló fielmente en la Iglesia naciente. Hay en el Nuevo Testamento indicaciones claras de una continuidad de la función de Pedro como roca de la Iglesia y como garantía permanente de la fe. Ya San Ignacio de Antioquía se refiere a la Iglesia romana llamándola: «la que preside en la caridad». Así, la Iglesia de Roma, fue para las demás Iglesias modelo y criterio de la fe.

Agradezcamos a Dios el regalo del Pontificado. En Pedro y su legítimos sucesores, Cristo nos dejó quien nos instruyera y velase por la pureza de nuestra fe, quien nos guiara y confirmara en las normas de conducta, quien nos alentara en la vida diaria. En el campo delicadísimo del contenido de la fe, y en el no menos delicado de la moral, no estamos solos, alguien nos habla en nombre de Dios. Tendencia del hombre es oponerse a la palabra de Dios y acomodarla, a decidir autónomamente lo que le es válido, formulando ideologías, instaurando el dominio de las modas y elaborando su propio modelo de vida. De allí que la Iglesia tenga que ir, muchas veces, a contra corriente. ¡Nada raro que sufra persecución!

Algunos llaman al Papa Juan Pablo II «la roca del siglo XX. Él se ha preocupado por el hombre, por el mundo, por la paz, porque los sistemas políticos no olvidasen las exigencias objetivas del orden moral y las exigencias de la justicia. Como contraposición a la «cultura de la muerte», ha propuesto la «cultura de la vida». Sus enseñanzas, contenidas sobre todo en las grandes encíclicas, ofrecen las piedras angulares para fundamentar un orden nuevo y así hacer frente a los retos del futuro. El Papa ha sabido preservar la identidad universal de la Iglesia, y a la vez ha hecho posible que la misma, como órgano viviente, se redefina y dialogue con el mundo.

Hoy el Papa Juan Pablo II está anciano y enfermo. Parece que está cansado, pero sigue adelante, no cesa en su servicio a la Iglesia, recorriendo los caminos del mundo como un auténtico misionero. La acción divina es siempre una paradoja: «Y ha escogido Dios a los débiles del mundo para confundir a los fuertes» (1 Cor. 1,27). Dios se muestra fuerte en la debilidad y grande en la pequeñez. Es el misterio de la fuerza de la cruz: «Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que los hombres» (1 Cor. 1,25). Su actitud valiente y confiada nos llena en este momento de gozo y esperanza, de manera que podemos decir con el Papa Juan XXIII: «Soy parte de una Iglesia viva y joven que lleva adelante su misión sin miedo al futuro».

La primera lectura de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, nos dice que la comunidad oraba por Pedro. La gente temía a Herodes Agripa que había encarcelado a Pedro para congraciarse con un grupo. Los cristianos se sentían incapaces de movilizar la opinión pública para salvar a Pedro. No tienen más armas que la oración.

También nosotros oramos constantemente por el Papa. Nos anima la enseñanza de San Ignacio de Antioquía: «Si tanta fuerza tiene la oración de cada uno en particular, ¿cuánto más la que se hace presidida por el Obispo y en unión con toda la Iglesia?».

Unidos a toda la Iglesia esparcida por el mundo, supliquemos fervientemente a Dios por el Papa Juan Pablo II, como una expresión de amor y profunda adhesión al Vicario de Cristo en la tierra:

«Oh Dios, que en tu providencia quisiste edificar tu Iglesia sobre la roca de Pedro, príncipe de tus apóstoles; mira con amor a nuestro Papa Juan Pablo II, y tú, que lo haz constituido sucesor de San Pedro, concédele la gracia de ser principio y fundamento visible de unidad de fe y comunión de tu pueblo». Amén

Escribe un comentario