Hay que superar iglesia triunfalista

Entrevista en Casa Cural

Entrevista en la Casa Cural el día de su nombramiento público

Publicado en julio de 2002 en Eco Católico

Monseñor Hugo Barrantes Ureña, Obispo de Puntarenas, fue nombrado nuevo Arzobispo de San José por el Papa Juan Pablo II. En una entrevista para el Eco Católico, Barrantes habla de la necesidad de superar viejos modelos de la Iglesia, y llevarla por el camino de la misión, haciendo que Arzobispo, sacerdotes y fieles se lancen a la calle a buscar al hombre que Dios mismo está buscando para salvarlo desde la venida de Jesucristo hace 2002 años.

El Arzobispo habla del secularismo que expulsa a Dios de la vida diaria, y del consumismo que se pone a predicar a favor del triple ídolo del placer, el tener y el poder. El relativismo moral niega la realidad del pecado y destruye las bases de la sociedad, sin embargo, la fe cristiana descubre a Dios en medio de las sombras, neblinas y oscuridades de la sociedad actual. Monseñor Barrantes señala los problemas de un modelo de iglesia piramidal y de un modelo de iglesia triunfalista, considerando que es un deber superarlos.

Yehudi Monestel Arce

La noticia llegó a secas, sin fanfarria, presentida por algunos en los niveles clericales, especulada, si se quiere, pero en manos de muy pocos conocida o sospechada, esto por cuanto la Iglesia Católica sigue conservando su apego a la tradición del «secretismo». Para la persona afectada en totalidad con esta información, era ya asunto sabido, digerido, controlado en lo emocional y lo intelectual, y aceptado en pleno ejercicio de la meditación y el conocimiento de los retos que entraña e incluso de la perturbación y el dolor que causan los desarraigos: Monseñor Hugo Barrantes Ureña, por cuatro años Primer Obispo Diocesano de Puntarenas, será «desrraizado» de la diócesis marinera e insular, y «replantado» en las eras de la Arquidiócesis de San José como nuevo Arzobispo Metropolitano Titular.

Los cambios y movimientos sorpesivos persiguen a este sacerdote campesino, nacido en las faldas de la Cordillera de Talamanca en Pérez Zeledón hace 66 años. Por largos 33 años y medio fue párroco rural al servicio de remotas comunidades escondidas en los contrafuertes de las llanuras de El General. De párroco rural lo «arrancó» el Obispo de San Isidro de El General, Monseñor Ignacio Trejos Picado y le nombró Vicario General Diocesano con énfasis en la disciplina del clero. Fueron más o menos 6 años de trabajo intenso, ayudando a un Obispo que afanosamente proclama sus conversiones diarias, y se lanza a la calle a ejercitar sus potestades de pastor cuando es necesario hacer esto a la par del pueblo. Durante este período, noticia que se guardó en silencio, el Papa Juan Pablo II nombró a Barrantes «Prelado Doméstico de Su Santidad» (miembro de honor de la familia Pontificia) lo que implicó la distinción de ser llamado «Monseñor». El Padre Hugo aceptó el nombramiento en silencio (esto no se puede renunciar) pero prohibió a sus co-hermanos sacerdotes y solicitó a su superior el Obispo Trejos, no le llamasen tal cosa. Sin embargo, cuando la historia comienza a rodar, nada la detiene. En 1998 el Papa creó la Diócesis de Puntarenas para segmentar un poco la superextensión de la Diócesis de Tilarán, y el callado Vicario General Diocesano y Prelado Doméstico de Su Santidad, fue nombrado Primer Obispo de la Nueva Diócesis. Aquí el sacerdote campesino agricultor quedó convertido en sacerdote campesino pescador, Obispo de costas, litorales y tierras insulares, con un gran «monseñorado» adscrito a su nueva dignidad episcopal, que no pudo ni siquiera pedir que se callaran o no se lo aplicara. Cuatro años después, en estos mismos días, ya no es Obispo sino Arzobispo, cabeza de la única Arquidiócesis que tiene el país.

El domingo pasado, distendido, tranquilo, orante, Monseñor Barrantes «se escondió» del mundo en el jardín interior de su casa en Chacarita de Puntarenas. Bordeando una piscina pintada de azul, pero vacía (aclara que no es hora de desperdiciar agua), paseó descalzo con sus pies hundidos en una alfombra verde de zacate «San Agustín», bajo la sombra de las palmeras y junto a unas cerrazones de platanillos florecidos de amarillo naranja y unos hermosos rosales. Traspasado el límite del hogar episcopal, Don Hugo fue señor solitario de un enorme trozo de playa verdecida en las dunas altas con chumicales y plantas rastreras, y hundida de «allí para allá» en un declive de arenas grises, pródigas en cristales de magnetita que brillan al sol, más allá de lo cual el mundo se resuelve en un océano Pacífico con olas de crenchas blancas, sal, yodo, viento y resacas que golpean las rocas continentales como si fuesen tambores.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS AL NUEVO ARZOBISPO

­¿Es éste el escenario litoral de los anuncios sorpresa para usted?
­Para decir la verdad, no en exclusiva. Las primeras sorpresas en mi vida sacerdotal, que entrañaron cambios al servicio de la Iglesia, se dieron en las montañas de Pérez Zeledón, al límite de la selva y los páramos. Son los más recientes «sustos» los que me han llegado a Puntarenas navegando sobre las olas…

­ ¿Qué reacción produjo en el Obispo su nombramiento de arzobispo?
­ De miedo, de puro miedo. Me pregunté ¿Dios mío, qué deseas de mí que me traes en carreras de un destino a otro sin dejarme casi respirar? Pero vino en seguida la racionalización del miedo. Si al miedo no se puede renunciar, porque vive inmerso en nosotros, al menos lo podemos controlar. Esa es la racionalización del miedo. No asustarse del susto. Bendecir lo que ocurre y orar, aceptando en silencio agradecido, lo que para mí es un mandato del Espíritu…

­ ¿Muchos cambios drásticos en menos de una década?
­ Desde que quise ser sacerdote y me enamoré del sacerdocio, no hay otra cosa en mi vida que sorpresas. Suerte que yo mismo al cambiar, hago cambiar a los demás en nombre de Dios. Ese es mi ejercitamiento diario. Pero, la verdad, estamos no en una época de cambio sino en un cambio de época. En la Carta Pastoral «¿Qué hora es?», mis primeras palabras introductorias son esas mismas.

­ ¿Tipificación de la época de cambio o el cambio de época?
­ Nada muy complicado. El secularismo expulsa a Dios de la vida diaria. El consumismo predica a favor del triple ídolo del placer el tener y el poder. El relativismo moral niega la realidad del pecado y destruye las bases de la sociedad. Algunos afirman que es muy difícil proclamar el Evangelio en estas circunstancias. Sin embargo, la de cristiana descubre a Dios en medio de las sombras, neblinas y oscuridades de la sociedad actual. Los cristianos sabemos que no es el hombre el que busca a Dios. Jesucristo nos manifiesta con su venida que es Dios quien busca al hombre.

­ Como Obispo Diocesano, ¿por qué camino marchaba su Iglesia particular?
­ La Iglesia, continuando como prioridad «uno» la misión de Cristo, tiene que ir allí donde existen el pecado y las dificultades culturales y sociales. En nuestro caso, pasando de lo continental «tierra adentro» a lo litoral e insular, en actitud misionera. Cabe recordar que la evangelización constituye la misión esencial de la Iglesia: la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar. No se puede esquivar esta obligación. Para la Iglesia el Evangelio tiene que convertirse en la tea con llama que los corredores se pasan unos a otros. No tenemos más remedio. Alguien nos ha dicho: «Id y enseñad».

­ Convertido ya, por voluntad expresa del Papa, en Arzobispo Metropolitano Electo de San José, ¿piensa en la Arquidiócesis como una paciente enferma en la que sus patologías obligan a tratamiento quirúrgico?
­ Hay patologías que deben sanarse con un poco de esfuerzo, pero muy pocas demandarían el uso del quirófano y la aplicación del bisturí. Se debe aclarar que el patologismo aplica a la iglesia universal en pequeños segmentos, pero que la mayor parte del cuerpo eclesial está sano y con fuerza. Lo mismo está referido a la Arquidiócesis. Lo mucho bueno y saludable que existe, y que a veces no se conoce ­paradojas de una modernidad informativa que redimensiona lo negativo y se olvida de lo positivo-terminará por tragarse las debilidades y minusvalías, y prevalecerá la Iglesia orante, constructora de fe y alentadora de esperanza. La que promueve vida en toda parte y lugar, salvación, y no muerte. Salud y no enfermedad…

­ El 27 de enero del 2002, Fray Junípero en un «Gran Tema» del Eco Católico, señaló que desde mayo del 2001 usted comenzó a madurar un documento pastoral que proponía superar la Iglesia «triunfalista», ¿lo que presuntamente abarcaba al territorio particular diocesano, puede entenderse extendido ahora a lo arquidiocesano?
­ La diócesis que queremos debe superar el concepto de pastoral de cristiandad, conservadurismo o «mantenimiento», y pasar a una pastoral de visión, testimonio y crecimiento, que se conecte plenamente con la nueva evangelización. Claro que es pronto para anticipar lo que el nuevo Arzobispo debe ayudar a construir en la Arquidiócesis. Hay que recordar que el nombramiento de el Papa no supone que yo me eche la Arquidiócesis a la espalda. Sería demasiado peso y demasiado atrevimiento. Escucharé entonces las indicaciones sutiles que vengan del Espíritu santo y con tal iluminación, trataré de tocar aquello que en la circunscripción arquidiocesana debe realmente ser tocado. Desde luego que para ir rápido, caminaré despacio, pero con persistencia. Mejor decir caminaremos, abandonando el singular y aplicando el plural, porque creo firmemente en el trabajo de los equipos. Desde luego, en medio de la consulta, de lo compartido, de lo discutido y dialogado, mantendré la autoridad necesaria cuando deba asumir la plena responsabilidad de tomar decisiones. Mantengo mi empeño de ser Pastor, de esforzarme en conocer a mis ovejas y de hacerme accesible para que las ovejas me conozcan. Luego, juntos todos, nos pondremos en marcha…

­ ¿En el nuevo camino por recorrer sigue privilegiando el pensamiento de Tertuliano?
­ Obviamente: «el cristiano no nace, se hace» (Tertuliano). Urge, por tanto, una pastoral para hacer cristianos. Actualmente tenemos una pastoral para mantener, de «mantenimiento». Pero hay que darle importancia al anuncio, a la pastoral profética. Lo pensé bueno para Puntarenas y lo sigo pensando bueno para San José. Hay que presentar la salvación como gracia, como misericordia. Hay que superar el concepto piramidal de Iglesia. En este concepto «piramidal» nos encontraríamos arriba a la jerarquía, sujeto único responsable de la pastoral. Abajo, en la base de la pirámide a los laicos, destinatarios de la pastoral, considerados a este respecto, como «menores de edad» .

­ ¿Habla el nuevo Arzobispo con intensión de forzar más la revalorización del laicado?
­ Lo dije de Párroco, lo dije de Obispo y lo sostengo de Arzobispo: los laicos han de ser protagonistas en la acción pastoral. Hay que superar cierto clericalismo evangelizador. No basta tener laicos disponibles: se necesitan laicos comprometidos. Creo que algunos pensamientos renovadores postconciliares son determinantes. El Arzobispo, los Presbíteros y los laicos, todos, debemos trabajar unidos, amar a la iglesia, la Arquidiócesis, porque en ellas está presente Cristo.

­ ¿Se visualiza como un Arzobispo de dura mano ejecutiva?
­ Un Arzobispo, o un Obispo, jamás son «ejecutivos», o duros «administradores». Son esencialmente pastores, personas que conocen a sus fieles y a quienes sus fieles les conocen. A un Arzobispo no se le puede medir por la «productividad», sino por lo que haya empujado la renovación la vuelta a Cristo, después de renovarse él mismo. Ver, juzgar, actuar como trabajo cuidadoso. Ojos grandes bien abiertos para observar la realidad. Juicio iluminado por el Espíritu para tomar decisiones. Luego, caminar y caminar, marcando buena huella hombres y mujeres, para actuar con justicia, solidaridad, igualdad y paz. Todos juntos tenemos que superar una visión del mundo, donde el mundo no goza de autonomía propia y es el reino del mal, y, por lo tanto, o se rechaza, o se le mira como lugar de tránsito o se somete a la Iglesia (eclesiocentrismo). Esta nueva concepción del mundo, de su visión, supone también superar dualismos platónicos: aquí los buenos, allá los malos. El Concilio Vaticano II habla de apertura y de diálogo con el mundo. Hay que tender un puente hacia el mundo contemporáneo con todos sus descascaramientos: no para conquistarlo, sino para servirlo. No para despreciarlo, sino para valorizarlo. Hay que leer «los signos de los tiempos». Los acontecimientos históricos se constituyen en interpelaciones de Dios. Ellos nos hablan de la presencia salvífica de Dios, son «lugares teológicos» .

­ ¿Qué intentaba superar el Obispo de Puntarenas y seguirá intentándolo el Arzobispo de San José?
­ Muchas cosas. Tal vez el concepto de iglesia triunfalista. Ella no es el reino: ella anuncia el reino en la Tierra, es el germen y principio del Reino. Es servidora. No es un absoluto: es un relativo. La acción de loa iglesia no se debe reducir a una simple praxis liberadora. No es simple liberación económica. No es un horizontalismo que se queda en promoción social. Se trata de una transformación desde los horizontes de la fe. Evangelizar significa para la iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, para renovar la misma humanidad.

­ ¿Sintetizando este apartado?
­ Se trata de superar esfuerzos aislados en pastoral o conjunto de pastorales. Hay que asumir una pastoral de conjunto, una pastoral orgánica. Hay que afianzar, intelegiblemente, el concepto de equipo. Esto significa consentimiento mutuo entre Arzobispo, clero, laicos hombres y mujeres. Desde luego que no hay equipo mientras no haya empatía. No simpatía, que debe ser concepto trascendido. Sino empatía que es fuerza impulsora, energía y luz que ilumina.

­ Usted ha hablado mucho de equipo, sacramentalidad, universalidad, unidad, pluralismo, pobreza evangélica y hasta de fin de la fe heredada, ¿todos esos presupuestos quedan en caminos diocesanos o alcanzan para los arquidiocesanos?
­ Veamos unas precisiones: hoy estamos en estado de «diáspora» (dispersos). La pastoral de la pura conservación (pastoral de redil) se ha terminado. Urge pasar a una pastoral misionera, ir al alejado. Ir a la calle, el obispo, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, laicos y laicas, abandonando templos, campanarios y sacristías. La distancia entre acciones pastorales y acciones misioneras se ha reducido. Recordemos que se pastorean ovejas y no lobos. La Iglesia ya no puede apoyarse en la sociedad o en las autoridades civiles para sobrevivir. Hay modelos de Iglesia parciales e inexactos que hoy no nos pueden llevar a una fe madura. Modelos moralistas, modelos liturgistas, modelos sociológicos. No podemos continuar con el mismo modelo de Iglesia, con la misma metodología, con los mismos contenidos y formas de anuncio. Hoy necesitamos un modelo de Iglesia misionera, capaz de «hacer cristianos», y donde el Pueblo de Dios sea el verdadero sujeto de la misión. Esta es la institución eclesiológica fundamental del Concilio Vaticano II: La Iglesia-Pueblo de Dios, enteramente profética, ministerial y misionera.

­ Como estamos abarcando propuestas de cambio que sin sospechar el nombramiento de Arzobispo, formuló el Obispo para su Diócesis de Puntarenas, ¿Es válido preguntarle si de la propuesta teórica su Iglesia particular pasó ya a encarnar la acción?
­Cuando nació la Carta Pastoral «¿Qué hora es?», en la solemnidad de Pentecostés e inicio del proceso diocesano de Nueva Evangelización en mayo de 1999, callamos un poco el barullo del diálogo y comenzamos a probar el buen sabor de la acción. Fue una experiencia satisfactoria. Puedo afirmar sin titubeos que después de muchas conversaciones, tesis y antítesis, se acabaron las discusiones y comenzaron las acciones. La Escuela de Evangelización puesta en camino ejemplifica lo que digo. Cuando llegue el tiempo debido, el nuevo Arzobispo, con sus sacerdotes y fieles, estudiando a fondo las realidades y problemas de una Arquidiócesis implantada en la porción geográfica del país donde comienza a nacer una metrópolis y se ha desbocado el fenómeno de una expansión urbanística a veces deshumanizada y un tanto irracional, tendremos que encontrar caminos de luz para salvarnos en lo espiritual y social, salvando de paso, la casa planetaria que Dios nos ha prestado, para no destruirla. Con seguridad en este momento el trabajo de un equipo armónico donde funcione la «empatía», también estará terminando las discusiones y comenzando las acciones que hagan realidad el poder y la fuerza del Evangelio…

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